En la Edad Media, el abastecimiento de agua potable en la ciudad de Teruel constituía un desafío constante para la supervivencia y el bienestar de sus moradores.
Aunque la ciudad se alza majestuosa sobre la vega del Río Turia, asentada a más de cuarenta metros por encima de su cauce. La elevación que la protegía también la privaba de un acceso fácil y directo al agua. En el interior de su recinto amurallado no manaban fuentes naturales, y la excavación de pozos se tornaba empresa ardua y casi imposible, dada la considerable profundidad del nivel freático.
Con todo, la
memoria documental nos revela la existencia, en aquellos tiempos, de un pozo
situado en el barrio de La Morería, junto a la mezquita que se alzaba donde hoy
se erige la iglesia de Iglesia de San Martín. Aquel enclave debió de constituir
un recurso preciado para la población, testimonio silencioso de las
dificultades y esfuerzos que acompañaron la vida cotidiana en el Teruel
medieval.
LA CIUDAD DE TERUEL DURANTE LOS SIGLOS XIII - XIV

Con anterioridad a la construcción del acueducto, los habitantes de la ciudad se veían forzados a franquear sus murallas y recorrer largos trayectos para procurarse el agua necesaria para la vida cotidiana. Cuando la demanda era mayor, debían multiplicar los viajes hacia las fuentes dispersas por el término: la de Martín Rivera, en los confines del ámbito agrario; la de San Blas, cuyo caudal alimenta a aquella pequeña población y da origen a la acequia de Valdeavellano; la fuente de los Codoñales, en las partidas de la Cascaxares; y la de la Peña el Macho, situada a dos kilómetros de la puerta de San Miguel, cuyas aguas serían encauzadas en el siglo XVI por el maestro Pierres Vedel para conducirlas hasta la ciudad.
En las viviendas, el agua se conservaba en tinajones y cubas, celosamente custodiada como bien preciado. En los hogares acomodados, eran los criados quienes velaban porque no faltase tan esencial sustento. Con todo, existía un gremio diligente y abnegado que hacía de esta necesidad su oficio: los aguadores.
Estos llenaban sus cubas en las fuentes y las transportaban en modestos carros tirados por asnos, recorriendo calles y plazas para vender el preciado líquido y garantizar el abastecimiento doméstico, siempre mediante el pago correspondiente. Es probable que no satisficieran tributo alguno por su labor, a cambio de mantener limpias las fuentes y acudir, sin excusa, con sus cubas para sofocar cualquier incendio que amenazara la ciudad.
El Arrabal se surtía de la Fuentebuena, mientras que la llamada Fuentemala se destinaba a abrevadero y a usos artesanales, especialmente al servicio de los olleros.
Ante la persistente escasez de agua potable, se estima que durante el período andalusí se erigió un colector en la puerta de Daroca y un aljibe destinado a asegurar el abastecimiento para el consumo.
Entre los siglos XII, XIII y la primera mitad del XIV se documenta asimismo la existencia de diversas fuentes intramuros: la de la calle Juan Pérez, que proveía a los vecinos del entorno de la Plaza Mayor, el Concejo y el Obispado; la situada en la plaza que asciende hacia San Andrés, destinada al sector nordeste y que, a través del brazal de agua llamado de Muza, surtía a las Carnicerías Bajas y, finalmente, la fuente y abrevadero de la plaza de San Juan, junto al palacio de los Sánchez Muñoz, cuyas aguas aprovechaban los habitantes del barrio, los hospitales cercanos, corrales y animales de aquella sociedad privilegiada que ocupaba tales espacios.
La presencia de
estas fuentes dentro del recinto urbano supuso un notable alivio para el
abastecimiento doméstico y para el propio oficio de los aguadores, al reducir
de manera considerable las distancias que hasta entonces se veían obligados a
recorrer.
Otro pozo fue abierto en el sector septentrional de la ciudad, destinado al servicio de las Carnicerías Altas, en el tramo occidental de la muralla, entre la Puerta de Zaragoza y la Torre Lombardera, en la actual calle del Rincón. Sin embargo, por mandato del Concejo, fue clausurado en el año 1419, acaso por razones de salubridad o de orden urbano.
En el ámbito de
la Plaza del Mesón de la Comunidad existen, además, indicios de la posible
presencia de un aljibe medieval, pues la documentación conservada hasta el
siglo XVIII alude reiteradamente a la “Fontana” situada en la entonces llamada
Plazuela de la Comunidad, memoria persistente de antiguas infraestructuras
destinadas a mitigar la secular escasez de agua.
Otras fuentes de abastecimiento:
De Martín Rivera: situada al norte del término agrario, esto es, en el espacio despoblado que circunda la ciudad, constituyó uno de los puntos tradicionales de aprovisionamiento de agua para sus habitantes.
De San Blas: surtía a la pequeña población homónima y daba origen a la acequia de Valdeavellano, integrándose así en una red hidráulica de notable importancia para el entorno.
Los Codañales: localizada en la partida de los Cascaxares, formaba parte del conjunto de manantiales que complementaban el siempre insuficiente abastecimiento urbano.
Peña del Macho: emplazada a dos leguas de la ciudad, sus aguas serían aprovechadas en el siglo XVI por el maestro Pierres Vedel para conducirlas hasta Teruel, en una empresa de gran relevancia para la mejora del suministro.
Fuente del
Torico: instalada inicialmente, tras la construcción del Acueducto de Pierres
Vedel en el siglo XVI, entre la calle de Santa María y la Pescadería, fue
trasladada en 1858 a su actual ubicación al obstaculizar el tránsito de
carruajes, adaptándose así a las nuevas exigencias de la vida urbana.
El problema del abastecimiento seguro de agua halló su solución definitiva con la construcción del Acueducto de los Arcos en 1537, obra del maestro Pierres Vedel, que condujo las aguas de la fuente de Peña del Macho, situada a media legua del centro de Teruel. Se excavó una mina en la Peña, y mediante más de ciento cuarenta pequeños arcos para salvar los desniveles del terreno, el agua llegó finalmente a la ciudad, con un coste aproximado de 50.000 sueldos.
Al ingresar en la ciudad, el acueducto supera el Arrabal mediante ocho arcos, formados por dos cuerpos superpuestos. La estructura se apoya en el remate de la primera arcada a través de una galería que atraviesa los arranques de la segunda y superior arcada, constituyendo así la obra propiamente dicha del acueducto.
Entre la calle de Santa María y la Pescadería, tras levantarse la obra de Vedel, se erigió la primera fuente pública de la Plaza Mayor. En 1858, dicha fuente fue trasladada a su ubicación actual, conocida hoy como Fuente del Torico, dado que obstruía el tránsito de los carruajes.
Junto a la fuente de la Plaza Mayor, se instalaron otras fuentes distribuidas por la ciudad: las de San Miguel, del Fosal, de San Salvador, de San Andrés, de San Juan, de Santa María y de Santiago.
La única que ha perdurado hasta nuestros días es la adosada a la Casa del Deán, en la Plaza de la Catedral, conocida como la antigua fuente del Arrabal, que reemplazó a la original fuente de Santa María.
Si la
construcción del Acueducto de los Arcos y la instalación de estas fuentes
representaron la solución definitiva al suministro urbano de agua, para los
aguadores marcó, sin embargo, el inicio de su lenta y progresiva desaparición.












No hay comentarios:
Publicar un comentario