24 de febrero de 2014
26 de enero de 2014
EL DIVINO AGUADOR
La primavera había despertado con un aire tibio que acariciaba los tejados de Teruel y hacía brillar los adoquines de las estrechas callejuelas. Los primeros rayos del sol se colaban entre los aleros de madera, iluminando los ventanales de la iglesia, los puestos de mercaderes y los jardines en flor que aún resistían la bruma de la mañana. Entre este despertar, Pedro el Aguador se preparaba para su jornada. Con manos curtidas y hombros firmes, cargó sus tinajas, dispuestas a llevar agua desde la lejana fuente de La Peña del Macho, al oeste de la ciudad, hasta las casas sedientas que esperaban su vital líquido.
Avanzaba con paso mesurado, consciente de que la jornada sería larga y ardua. Cada calle, cada esquina, cada puerta de Teruel despertaba a su paso, mientras los molinos giraban al compás del agua, los gallos anunciaban el nuevo día y los niños se escabullían entre los carros de leña y los animales de carga. Aquel día, sin embargo, no sería como los demás. El destino había dispuesto que Pedro se convirtiera en protagonista de un suceso que trascendería generaciones.
Al llegar frente a la solemne Iglesia de Santa María de Mediavilla, su mirada se cruzó con la del Maestro Juan, pintor de retablos, quien avanzaba absorto, con la mirada fija en la piedra y la mente llena de trazos, sombras y colores, ajeno a todo lo que lo rodeaba.
—Buenos días, Maestro Juan —dijo Pedro con voz firme y cordial—. Hermoso día para comenzar la labor, ¿no es cierto?
El maestro, perdido en sus pensamientos, apenas pareció escucharlo. Pedro alzó la voz, lo suficiente para llamar su atención, sobresaltando al pintor y arrancándolo de su ensimismamiento:
—¡Buenos días, Maestro!
—Buenos días, aguador —respondió el maestro con voz grave—. Lo de hermoso… dejémoslo. Más bien diría… un día tenebroso.
—¿Tenebroso? —preguntó Pedro, curioso—. Maestro, no puedo iniciar mi trabajo sin conocer la causa de tal pesar. Aunque ello signifique que media Teruel quede sedienta, debo comprenderlo.
Ambos se sentaron sobre un poyo de piedra adosado al muro de la iglesia. El Maestro Juan suspiró, como si arrastrara siglos de preocupación, y comenzó a relatar su aflicción:
—Hace unos días, el párroco me encargó un retablo majestuoso, con Cristo en su centro. Ayer llevé el boceto para observar su ubicación sobre el altar, cuando apareció Doña Mayor. Al ver mi obra, exclamó horrorizada que el cordero que pinté a los pies de Cristo no podía ser su símbolo, pues semejante juicio le había sido revelado por un Ángel.
Pedro escuchó en silencio, su mirada fija y serena. Finalmente, su voz rompió la tensión:
—Es cierto que no creo en Dios —dijo con firmeza—. Mas ello no me impide razonar y hablar con libertad. No entiendo cómo la fe ha de sofocar la razón del hombre.
El Maestro Juan, boquiabierto, lo contemplaba, como si esperara que un rayo divino fulminara al atrevido aguador. Al no suceder nada, respiró hondo y dijo:
—Aguador, eres un pecador y un blasfemo. Mas si tan libre decís ser, os desafío a hallar solución a mi dilema.
Pedro asintió, consciente de que su libertad debía demostrarse con acción:
—Maestro Juan, acepto vuestro reto —dijo—. Escuchad:
Mi oficio consiste en acudir varias veces al día a la fuente de La Peña del Macho, llenar mis tinajas y llevar el agua a las casas de Teruel. Este líquido refresca, limpia, fecunda la tierra y sostiene la vida de todos los habitantes de la ciudad.
Así, el agua que transporto también está presente en vuestra fe. Es el mismo Jesús quien se revela como “agua viva” a la samaritana: “El que beba de esta agua no volverá a tener sed”. Vuestros ritos —el diluvio purificador, el Bautismo regenerador reconocen la fuerza vital del agua. Agua es vida, agua es fecundidad, sustento y salvación. Si Cristo representa la vida, entonces el agua, Maestro, es el símbolo que buscáis.
El Maestro Juan quedó mudo, contemplando al aguador con reverencia. Lentamente, articuló palabras llenas de asombro:
—Divino pensamiento, aguador… llevar la vida a nuestras gentes.
Pedro sonrió con serenidad:
—¿Llevar la vida? Más bien diría que quito la sed, pues Dios solo hay uno, ¿no es cierto?
El Maestro Juan, convencido, preguntó cómo podría representar el agua en su retablo:
—¿Debo pintar un río, un manantial, o un estanque?
Pedro meditó, y con voz firme respondió:
—No pintes el agua, sino aquello que permite que llegue a los hombres. Una tinaja, colocada a los pies de Cristo, alberga en su interior todo lo que Él representa: sustento, alivio, vida. Y si deseas, puedes añadir la figura de quien, con esfuerzo y dedicación, transporta el agua a la ciudad.
El Maestro Juan estalló en carcajadas y exclamó con júbilo:
—Sí, aguador, la tinaja es el símbolo perfecto. Nada de animales ni criaturas. Cuando informe a Doña Mayor de nuestra conversación, quedará encantada.
Meses después, la Iglesia de Santa María de Mediavilla se erguía más majestuosa que nunca. Sobre su altar, el retablo mostraba a Cristo en el centro, y a sus pies, una hermosa tinaja de la que caían finos hilos de agua cristalina, símbolo del sustento, la vida y la fe que Pedro el Aguador había enseñado a comprender a todo Teruel. Cada feligrés que contemplaba la escena veía en aquella agua no solo el líquido que saciaba la sed, sino el reflejo de la vida misma, transportada con esfuerzo y sabiduría por un hombre común, que había hallado su lugar en la historia de la ciudad.
EL AGUADOR Y EL JINETE
El sol reinaba en lo más alto del cielo, derramando su luz y calor sobre los campos dorados que rodeaban Teruel. El viento, seco y abrasador, azotaba la piel y levantaba nubes de polvo sobre los caminos. Los labradores habían cesado ya sus faenas y buscaban la sombra de los árboles y los portales, aguardando pacientemente que la ira del astro menguase. Por un sendero que serpenteaba entre trigales, viñedos y huertas, avanzaba a galope un jinete. Su montura levantaba chispas de piedra y polvo, mientras su rostro recibía el azote del viento y los recuerdos de un tiempo pasado.
A lo lejos, las murallas de Teruel surgieron ante sus ojos, imponentes y solemnes, custodiando siglos de historias, amores y gestas olvidadas. Torres almenadas, puertas vigiladas por centinelas invisibles en la memoria del jinete, y los techos rojos de las casas que se agrupaban como testigos de otra época. Detuvo su corcel, dejándose envolver por la nostalgia, y su rostro se transformó: los años y la distancia se desvanecían ante la visión de aquello que tanto había amado. Una extraña y contenida felicidad iluminaba sus facciones.
Reanudó la marcha y pronto apareció ante él la ermita de la Villa Vieja, santuario de tiempos antiguos, custodiando la devoción de generaciones. Su corazón latió con fuerza al recordar las oraciones susurradas y el eco de las campanas. Continuó por el Molino del Rey, donde el rumor constante del agua acompañaba el trabajo de los molineros; luego pasó frente al Monasterio de San Francisco, austero y solemne, cuyos muros guardaban secretos de oración y retiro; y finalmente, junto al Hospital de San Sebastián, refugio de enfermos y peregrinos, donde las voces de los necesitados se mezclaban con las plegarias de los monjes.
Al frente se alzaba la Puerta de Daroca, vigilante y silenciosa. Vaciló un instante, recordando los años en que cruzaba ese umbral sin temor, y decidió tomar la calle que conducía a la Puerta de Zaragoza, deseoso de contemplar la ciudad tal como la recordaba: calles llenas de mercaderes con sus botigas y almacenes, olores a pan, queso y vino, niños corriendo y herreros golpeando el hierro al ritmo de su yunque. La Plaza Mayor se vislumbraba vibrante, corazón del comercio y de la vida ciudadana, con sus voces y risas, y el mercado desplegando telas, hortalizas y objetos de todos los rincones.
Al llegar al Postigo de San Miguel, la prudencia lo hizo cambiar de rumbo. Tirando suavemente de las riendas, condujo su corcel de nuevo hacia la Puerta de Daroca, buscando entrar discretamente y avanzar sin ser reconocido.
Subió por la empedrada calle Andaquilla, donde los niños jugaban con canicas y los panaderos colocaban sus hogazas sobre tablas al sol. Fue entonces cuando un hombre apoyado contra los muros de la iglesia de San Martín llamó su atención. Maldecía y blasfemaba con tal vehemencia que el jinete, movido por la compasión, se acercó con aire sereno:
—¿Qué os acontece, buen hombre? ¿Puedo ayudaros en algo?
El hombre se dejó caer al suelo, junto a dos tinajas llenas de agua de distintos tamaños, que debía transportar sobre la espalda y el pecho con cuerdas que le mordían la piel.
—Juro que antes prefiero morir que continuar con este trabajo —dijo con voz fatigada—. Ya es el quinto viaje que realizo desde la fuente de la Peña del Macho, y el pozo que vuestra merced puede ver se ha secado. ¡Antes morir que ser aguador!
El jinete, comprendiendo que la aflicción no era grave, trató de consolarlo:
—Pero, aguador, este peso que lleváis sobre los hombros os permite vivir y mantener a los vuestros. Y si hoy es el quinto viaje, debo juzgar que el beneficio es considerable.
—No os engañéis, señor —replicó el hombre—. Hoy me ha sido encomendada una tarea extraordinaria: la boda de Isabel de Segura con el señor Azagra de Albarracín ha vaciado todas las tinajas de la casa de Don Pedro de Segura, y ahora debo llenarlas sin demora.
Las palabras del aguador hicieron que el rostro del jinete palideciera, como ausente de todo lo que le rodeaba. Comprendió, con amargura, la carga invisible que él mismo llevaba en el corazón.
El aguador, preocupado, preguntó:
—¡Señor! ¿Qué os ocurre? Parecéis haber visto al mismísimo demonio.
El jinete, con esfuerzo y cortesía, respondió:
—Aguador, prosigue sin abandonar tu oficio. El peso que tú llevas sobre los hombros te permite vivir y sostener a los tuyos. Pero el que yo porto en el corazón es uno que no puedo soportar ni aliviar.
El hombre, asustado, replicó:
—Juro que, si el causante de vuestro estado es el peso que lleváis en el corazón, puedo con estas dos tinajas y cuatro más como ellas.
El jinete reanudó su marcha, dejando que su corcel lo guiara lentamente por las calles, entre voces de mercaderes, aromas de pan y vino, niños corriendo y las campanas de las iglesias marcando las horas.
—Señor, ¿puedo conocer vuestro nombre? —preguntó el aguador, intrigado.
Con voz débil, apenas audible, respondió:
—Diego de Marcilla.
Al día
siguiente, la ciudad quedó consternada por la noticia de su fallecimiento. Los
rumores y susurros se mezclaban en las plazas y callejuelas, pero el aguador
comprendió la verdad: la ausencia de un beso, el amor no correspondido, podía
aumentar la carga del corazón hasta apagarlo y dejarlo sin latido. Y así, entre
murallas y calles de Teruel, quedó para siempre la memoria de aquel jinete,
cuya vida y cuyo corazón sucumbieron ante el peso invisible de la pasión y el
destino.
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