26 de enero de 2014

EL AGUADOR Y EL JINETE

El sol reinaba en lo más alto del cielo, derramando su luz y calor sobre los campos dorados que rodeaban Teruel. El viento, seco y abrasador, azotaba la piel y levantaba nubes de polvo sobre los caminos. Los labradores habían cesado ya sus faenas y buscaban la sombra de los árboles y los portales, aguardando pacientemente que la ira del astro menguase. Por un sendero que serpenteaba entre trigales, viñedos y huertas, avanzaba a galope un jinete. Su montura levantaba chispas de piedra y polvo, mientras su rostro recibía el azote del viento y los recuerdos de un tiempo pasado. 

A lo lejos, las murallas de Teruel surgieron ante sus ojos, imponentes y solemnes, custodiando siglos de historias, amores y gestas olvidadas. Torres almenadas, puertas vigiladas por centinelas invisibles en la memoria del jinete, y los techos rojos de las casas que se agrupaban como testigos de otra época. Detuvo su corcel, dejándose envolver por la nostalgia, y su rostro se transformó: los años y la distancia se desvanecían ante la visión de aquello que tanto había amado. Una extraña y contenida felicidad iluminaba sus facciones. 

Reanudó la marcha y pronto apareció ante él la ermita de la Villa Vieja, santuario de tiempos antiguos, custodiando la devoción de generaciones. Su corazón latió con fuerza al recordar las oraciones susurradas y el eco de las campanas. Continuó por el Molino del Rey, donde el rumor constante del agua acompañaba el trabajo de los molineros; luego pasó frente al Monasterio de San Francisco, austero y solemne, cuyos muros guardaban secretos de oración y retiro; y finalmente, junto al Hospital de San Sebastián, refugio de enfermos y peregrinos, donde las voces de los necesitados se mezclaban con las plegarias de los monjes. 

Al frente se alzaba la Puerta de Daroca, vigilante y silenciosa. Vaciló un instante, recordando los años en que cruzaba ese umbral sin temor, y decidió tomar la calle que conducía a la Puerta de Zaragoza, deseoso de contemplar la ciudad tal como la recordaba: calles llenas de mercaderes con sus botigas y almacenes, olores a pan, queso y vino, niños corriendo y herreros golpeando el hierro al ritmo de su yunque. La Plaza Mayor se vislumbraba vibrante, corazón del comercio y de la vida ciudadana, con sus voces y risas, y el mercado desplegando telas, hortalizas y objetos de todos los rincones. 

Al llegar al Postigo de San Miguel, la prudencia lo hizo cambiar de rumbo. Tirando suavemente de las riendas, condujo su corcel de nuevo hacia la Puerta de Daroca, buscando entrar discretamente y avanzar sin ser reconocido. 

Subió por la empedrada calle Andaquilla, donde los niños jugaban con canicas y los panaderos colocaban sus hogazas sobre tablas al sol. Fue entonces cuando un hombre apoyado contra los muros de la iglesia de San Martín llamó su atención. Maldecía y blasfemaba con tal vehemencia que el jinete, movido por la compasión, se acercó con aire sereno: 

—¿Qué os acontece, buen hombre? ¿Puedo ayudaros en algo? 

El hombre se dejó caer al suelo, junto a dos tinajas llenas de agua de distintos tamaños, que debía transportar sobre la espalda y el pecho con cuerdas que le mordían la piel. 

—Juro que antes prefiero morir que continuar con este trabajo —dijo con voz fatigada—. Ya es el quinto viaje que realizo desde la fuente de la Peña del Macho, y el pozo que vuestra merced puede ver se ha secado. ¡Antes morir que ser aguador! 

El jinete, comprendiendo que la aflicción no era grave, trató de consolarlo: 

—Pero, aguador, este peso que lleváis sobre los hombros os permite vivir y mantener a los vuestros. Y si hoy es el quinto viaje, debo juzgar que el beneficio es considerable. 

—No os engañéis, señor —replicó el hombre—. Hoy me ha sido encomendada una tarea extraordinaria: la boda de Isabel de Segura con el señor Azagra de Albarracín ha vaciado todas las tinajas de la casa de Don Pedro de Segura, y ahora debo llenarlas sin demora. 

Las palabras del aguador hicieron que el rostro del jinete palideciera, como ausente de todo lo que le rodeaba. Comprendió, con amargura, la carga invisible que él mismo llevaba en el corazón. 

El aguador, preocupado, preguntó: 

—¡Señor! ¿Qué os ocurre? Parecéis haber visto al mismísimo demonio. 

El jinete, con esfuerzo y cortesía, respondió: 

—Aguador, prosigue sin abandonar tu oficio. El peso que tú llevas sobre los hombros te permite vivir y sostener a los tuyos. Pero el que yo porto en el corazón es uno que no puedo soportar ni aliviar. 

El hombre, asustado, replicó: 

—Juro que, si el causante de vuestro estado es el peso que lleváis en el corazón, puedo con estas dos tinajas y cuatro más como ellas. 

El jinete reanudó su marcha, dejando que su corcel lo guiara lentamente por las calles, entre voces de mercaderes, aromas de pan y vino, niños corriendo y las campanas de las iglesias marcando las horas. 

—Señor, ¿puedo conocer vuestro nombre? —preguntó el aguador, intrigado. 

Con voz débil, apenas audible, respondió: 

—Diego de Marcilla. 

Al día siguiente, la ciudad quedó consternada por la noticia de su fallecimiento. Los rumores y susurros se mezclaban en las plazas y callejuelas, pero el aguador comprendió la verdad: la ausencia de un beso, el amor no correspondido, podía aumentar la carga del corazón hasta apagarlo y dejarlo sin latido. Y así, entre murallas y calles de Teruel, quedó para siempre la memoria de aquel jinete, cuya vida y cuyo corazón sucumbieron ante el peso invisible de la pasión y el destino.

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