26 de enero de 2014

EL DIVINO AGUADOR

La primavera había despertado con un aire tibio que acariciaba los tejados de Teruel y hacía brillar los adoquines de las estrechas callejuelas. Los primeros rayos del sol se colaban entre los aleros de madera, iluminando los ventanales de la iglesia, los puestos de mercaderes y los jardines en flor que aún resistían la bruma de la mañana. Entre este despertar, Pedro el Aguador se preparaba para su jornada. Con manos curtidas y hombros firmes, cargó sus tinajas, dispuestas a llevar agua desde la lejana fuente de La Peña del Macho, al oeste de la ciudad, hasta las casas sedientas que esperaban su vital líquido. 

Avanzaba con paso mesurado, consciente de que la jornada sería larga y ardua. Cada calle, cada esquina, cada puerta de Teruel despertaba a su paso, mientras los molinos giraban al compás del agua, los gallos anunciaban el nuevo día y los niños se escabullían entre los carros de leña y los animales de carga. Aquel día, sin embargo, no sería como los demás. El destino había dispuesto que Pedro se convirtiera en protagonista de un suceso que trascendería generaciones. 

Al llegar frente a la solemne Iglesia de Santa María de Mediavilla, su mirada se cruzó con la del Maestro Juan, pintor de retablos, quien avanzaba absorto, con la mirada fija en la piedra y la mente llena de trazos, sombras y colores, ajeno a todo lo que lo rodeaba. 

—Buenos días, Maestro Juan —dijo Pedro con voz firme y cordial—. Hermoso día para comenzar la labor, ¿no es cierto? 

El maestro, perdido en sus pensamientos, apenas pareció escucharlo. Pedro alzó la voz, lo suficiente para llamar su atención, sobresaltando al pintor y arrancándolo de su ensimismamiento: 

—¡Buenos días, Maestro! 

—Buenos días, aguador —respondió el maestro con voz grave—. Lo de hermoso… dejémoslo. Más bien diría… un día tenebroso. 

—¿Tenebroso? —preguntó Pedro, curioso—. Maestro, no puedo iniciar mi trabajo sin conocer la causa de tal pesar. Aunque ello signifique que media Teruel quede sedienta, debo comprenderlo. 

Ambos se sentaron sobre un poyo de piedra adosado al muro de la iglesia. El Maestro Juan suspiró, como si arrastrara siglos de preocupación, y comenzó a relatar su aflicción: 

—Hace unos días, el párroco me encargó un retablo majestuoso, con Cristo en su centro. Ayer llevé el boceto para observar su ubicación sobre el altar, cuando apareció Doña Mayor. Al ver mi obra, exclamó horrorizada que el cordero que pinté a los pies de Cristo no podía ser su símbolo, pues semejante juicio le había sido revelado por un Ángel. 

Pedro escuchó en silencio, su mirada fija y serena. Finalmente, su voz rompió la tensión: 

—Es cierto que no creo en Dios —dijo con firmeza—. Mas ello no me impide razonar y hablar con libertad. No entiendo cómo la fe ha de sofocar la razón del hombre. 

El Maestro Juan, boquiabierto, lo contemplaba, como si esperara que un rayo divino fulminara al atrevido aguador. Al no suceder nada, respiró hondo y dijo: 

—Aguador, eres un pecador y un blasfemo. Mas si tan libre decís ser, os desafío a hallar solución a mi dilema. 

Pedro asintió, consciente de que su libertad debía demostrarse con acción: 

—Maestro Juan, acepto vuestro reto —dijo—. Escuchad: 

Mi oficio consiste en acudir varias veces al día a la fuente de La Peña del Macho, llenar mis tinajas y llevar el agua a las casas de Teruel. Este líquido refresca, limpia, fecunda la tierra y sostiene la vida de todos los habitantes de la ciudad. 

Así, el agua que transporto también está presente en vuestra fe. Es el mismo Jesús quien se revela como “agua viva” a la samaritana: “El que beba de esta agua no volverá a tener sed”. Vuestros ritos —el diluvio purificador, el Bautismo regenerador reconocen la fuerza vital del agua. Agua es vida, agua es fecundidad, sustento y salvación. Si Cristo representa la vida, entonces el agua, Maestro, es el símbolo que buscáis. 

El Maestro Juan quedó mudo, contemplando al aguador con reverencia. Lentamente, articuló palabras llenas de asombro: 

—Divino pensamiento, aguador… llevar la vida a nuestras gentes. 

Pedro sonrió con serenidad: 

—¿Llevar la vida? Más bien diría que quito la sed, pues Dios solo hay uno, ¿no es cierto? 

El Maestro Juan, convencido, preguntó cómo podría representar el agua en su retablo: 

—¿Debo pintar un río, un manantial, o un estanque? 

Pedro meditó, y con voz firme respondió: 

—No pintes el agua, sino aquello que permite que llegue a los hombres. Una tinaja, colocada a los pies de Cristo, alberga en su interior todo lo que Él representa: sustento, alivio, vida. Y si deseas, puedes añadir la figura de quien, con esfuerzo y dedicación, transporta el agua a la ciudad. 

El Maestro Juan estalló en carcajadas y exclamó con júbilo: 

—Sí, aguador, la tinaja es el símbolo perfecto. Nada de animales ni criaturas. Cuando informe a Doña Mayor de nuestra conversación, quedará encantada. 

Meses después, la Iglesia de Santa María de Mediavilla se erguía más majestuosa que nunca. Sobre su altar, el retablo mostraba a Cristo en el centro, y a sus pies, una hermosa tinaja de la que caían finos hilos de agua cristalina, símbolo del sustento, la vida y la fe que Pedro el Aguador había enseñado a comprender a todo Teruel. Cada feligrés que contemplaba la escena veía en aquella agua no solo el líquido que saciaba la sed, sino el reflejo de la vida misma, transportada con esfuerzo y sabiduría por un hombre común, que había hallado su lugar en la historia de la ciudad.

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